La delgada línea entre mi opinión y la tuya

Julio Vallejo

Quiere volar, quiere volar: El día en que el tiempo se detuvo para el “Tri”
Eran las cinco para las seis de la tarde y el segundero del checador del trabajo parecía avanzar en cámara lenta. Frente al reloj, un centenar de trabajadores contenían la respiración. La piel ya venía teñida de verde en los trabajadores. Había prisa por salir, prisa por vivir: México se jugaba los dieciseisavos de final del Mundial 2026 y la mítica ilusión del “quinto partido” se sentía al alcance de la mano.
Pero el destino, o los viejos dioses, tenían otros planes. Como si se tratara de un ritual azteca para purificar el escenario, el dios Tláloc se hizo presente. Una tormenta imprevista comenzó a bendecir la cancha, obligando a retrasar el partido una hora entera.
Antes de rodar el balón por la cancha, los pechos vibraron con los himnos. Primero Ecuador, con su solemne “¡Salve, oh Patria, mil veces!”, que hacía rebosar el gozo y la paz de los sudamericanos. Después, el estruendo local: “¡Mexicanos al grito de guerra!”, un rugido monumental que pareció sacudir los centros de la tierra y encender a los once guerreros aztecas.
México arrancó con el cuchillo entre los dientes, haciendo marear el balón con paciencia y ritmo. La recompensa no tardó. Al minuto 22, Julián Quiñones, el colombiano con corazón azteca, sacó un disparo que se incrustó en la red. El estadio estalló en un solo grito. Apenas la afición se estaba hidratando las gargantas cuando Raúl Jiménez, aprovechó otra oportunidad para mandar el balón al fondo, escalando un peldaño más en la historia de los máximos goleadores de la Selección Nacional. Con el 2-0, México no solo ganaba, sino que mantenía su racha perfecta: cero goles recibidos en todo el torneo.
Para el segundo tiempo, la fiesta en las tribunas era total. El “¡Dale México, dale!” retumbaba en cada rincón, aunque en la cancha el trámite se volvió espeso. El equipo comenzó a replegarse y el banquillo decidió darle descanso a la joya de la corona, el jovencito Gilberto Mora, quien había dado un partidazo digno de memoria. Con la presión ecuatoriana encima, emergió la figura del portero Raúl “Tala” Rangel, quien con un vuelo espectacular —al más puro estilo de las viejas glorias de Guillermo Ochoa— ahogó el grito de gol visitante.
Conforme corrían los minutos, el cansancio y la desesperación se pintaron en los rostros escurridos de sudor de los jugadores ecuatorianos, incapaces de romper el cerrojo mexicano. En las gradas y en las casas, por un par de horas, la nación se olvidó de todo lo demás. El fútbol operó su milagro mensual: anestesiar el dolor de un país marcado por la corrupción, la inseguridad y el eterno clamor de las madres buscadoras. Por noventa minutos, solo importaba el balón.
Ya cerca del final, ante un árbitro timorato como el mismísimo gobierno parecía haber dejado las tarjetas en el vestidor. Los ánimos se caldearon. Tras una revisión y un intercambio de palabras, el ecuatoriano Piero Hincapié perdió la cabeza y fue expulsado tras encarar a Santiago Giménez.
Los últimos siete minutos de compensación que otorgó el colegiado se sintieron eternos. Fueron exactamente iguales a esos minutos frente al checador. El país entero miraba el reloj, impaciente, rezando por el silbatazo final mientras en la mente de millones de mexicanos empieza a germinar una pregunta: ¿Y si sí?…





