¿Quién me devuelve la paz?

Azucena Uresti
Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), ha muerto.
Es otro de los grandes capos mexicanos que ya no están en las calles, como Miguel Ángel Félix Gallardo, “El Jefe de Jefes”, fundador del extinto Cártel de Guadalajara, quien hoy tiene 80 años de edad y cumple su sentencia en prisión domiciliaria; o Joaquín “El Chapo” Guzmán, quien erigió el Cártel de Sinaloa, y a sus 68 años purga cadena perpetua en la prisión de máxima seguridad “ADX Florence” en Colorado, Estados Unidos; Ismael “El Mayo” Zambada, su exsocio, continúa su proceso en Estados Unidos y, a sus 77 años, su destino está marcado; Amado Carrillo, “El Señor de los Cielos”, está muerto; lo mismo que Heriberto Lazcano, “El Z-3”; no así Osiel Cárdenas Guillén, “El Mata Amigos”, quien a sus 58 años camina bajo libertad condicional en la Unión Americana.
Pero el narco no muere, envejece, y en muchos otros escenarios, se transforma. Claro ejemplo es la nueva generación cuyos líderes cambiaron el silencio por el espectáculo; la discreción por la ostentación de poderío y dinero; el sigilo por el protagonismo de los narcocorridos. Son historias que nos revelan que las estructuras criminales ya no dependen de un solo jefe, sino de decenas de células listas para reemplazarlo. Es la nueva cara del narco.
Tras el abatimiento del narcotraficante más violento y sanguinario, ¿qué queda ahora?: decenas de fachadas perforadas por ráfagas de alto calibre. Transportistas cuyos camiones calcinados no serán cubiertos por las aseguradoras, bajo el argumento de que estas no responden a actos vandálicos o de violencia; cerca de un millón de establecimientos afectados —muchos de ellos reducidos a cenizas—; así como autopistas y carreteras marcadas por la violencia; negras, chamuscadas, y donde resuenan todavía los gritos de las familias que fueron despojadas violentamente de sus autos.
¿Qué hacemos ahora? ¿Cómo canalizamos el dolor? El de las familias de los guardias nacionales que murieron en cumplimiento de su deber, pero también el de aquellos que afortunadamente sobrevivieron, pero estuvieron en una guerra, se enfrentaron a la muerte y lograron volver con vida. ¿Cómo consolamos a la familia de la mujer embarazada que fue asesinada en la zona de los ataques en Jalisco —en el lugar y momento equivocados—? ¿Cómo recuperamos la vida sana a la que estaba destinado el bebé que resultó con gran parte de su cuerpo quemado en el Estado de México?
La paz no se decreta, se construye, y hasta entonces el miedo no se disipa. Los ciudadanos, atrapados en medio de las ráfagas, deberán curarse solos. Rezar por no tener pesadillas, por no temblar cada vez que salen a las calles, por no pensar en que aquel que cruza la puerta de casa tal vez no regrese.
La violencia no solo se mide en estadísticas, sino también en el silencio de una casa donde ya no escucharán el llanto del recién nacido. En el trauma de un niño que crecerá con cicatrices. En el recuerdo de 26 soldados que murieron dando su vida por el país.
Lo que queda son miles de almas en desgracia esperando algo más que explicaciones. Esperando justicia. Esperando reparación. Esperando paz.
La pesadilla no termina. Por respeto a la inteligencia ciudadana, es menester que ningún gobierno trate de minimizar el horror, porque eso sería una burla para todas las víctimas, y el pueblo, algún día, se los demandará; no lo duden ni por un segundo.
Hoy, sin medias tintas: un amplio reconocimiento a la presidenta Claudia Sheinbaum, a los secretarios de Defensa, Ricardo Trevilla, y de Seguridad Pública, Omar García Harfuch y, ante todo, a los elementos que defienden a la patria todos los días.





